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domingo, 12 de mayo de 2024

Cancelaciones “Sinodales” - Mons. Héctor Aguer

Cancelaciones «Sinodales»
Mons. Héctor Aguer


«El oficialismo progresista continúa con su política de “cancelación” a quienes buscan servir a Jesucristo desde la ortodoxia y la Tradición», afirma en este artículo el Arzobispo Emérito de La Plata. Y se cuestiona si «no es momento de admitir sinceramente que el “humo de Satanás” ha tornado irrespirables nuestras estructuras».


[ELCAMINO] El oficialismo progresista instalado en Roma, desde hace poco más de una década, continúa con su política de “cancelación” a quienes, con libertad de espíritu, buscan servir a Jesucristo desde la ortodoxia y la Tradición. Por “cancelación” se entiende toda forma de ninguneo, conspiración de silencio, marginación, prohibición de publicar en medios y redes y hasta el cese en sus funciones de aquellos que no se pliegan “sinodalmente” a las ideologías y discrecionalidades vaticanas.

Fueron cancelados, como se sabe, buenos Obispos como Daniel Fernández Torres, de Arecibo, Puerto Rico; y Joseph Strickland, de Tyler, Texas, Estados Unidos. Al Cardenal Gerhard Müller no se le renovó por un nuevo período en la Congregación para la Doctrina de la Fe; y al también Cardenal Raymond Burke hasta se le privó de su sueldo y casa romanos. A otros, como Dominique Rey, de Fréjus–Toulón, en Francia, se les nombraron “coadjutores” que, en la práctica, casi cogobiernan esas Diócesis. Por su parte, son numerosos los Sacerdotes cancelados en distintas partes del mundo; y hasta han llegado a formar “asociaciones” para ayudarse mutuamente, y proveerse de lo elemental para su sustento. En algunos casos han quedado en la calle; y debieron encontrar asilo en casas de sus ancianos padres, de sus hermanos u otros familiares. Ya me he dirigido a ellos en otros artículos. Permanentemente recibo correos, mensajes, y llamados telefónicos de Presbíteros fieles que no encajan dentro del eslogan oficialista “todos, todos, todos”; y que, por lo tanto, quedan fuera del “sistema”. Se ha importado a Roma la famosa máxima peronista: “Para el amigo todo; para el enemigo (supuesto o imaginado), ni justicia”. Hasta el Código de Derecho Canónico parecería estar muerto y sepultado. Y, en la práctica, ante acusaciones de ser “indietristas, adoradores de cenizas, rígidos”, y otras calificaciones por el estilo, solo cabe esperar sin más la guillotina.

Los fieles laicos sufren azorados ante tantas arbitrariedades. Y ven cómo, sistemáticamente, buenos Sacerdotes son obligados a dejar sus parroquias, o enviados a destinos considerados como de “castigo”. Las tan declamadas “periferias” son los sitios elegidos para ello. Literalmente se los deja librados a su propia suerte. Solos, sin una comunidad Sacerdotal, sin recursos, y expuestos a toda clase de peligros, no pocos encuentran allí enfermedades y crisis. Ser acusados de “poco sinodales” o de no estar abiertos a la “cultura del encuentro” lleva a sufrir diversas formas de destierro. ¿O es que se confunde al “encuentro” con el rejunte? ¿No estamos llamados todos los creyentes –ni qué hablar los Sacerdotes- a tener un encuentro liberador y personal con Cristo, y llevar a otros hermanos hacia Él? ¿O es que ahora al Señor se lo debe reemplazar con la “Madre Tierra”, la globalista Agenda 2030 –considerada por sus mentores como el “Evangelio del siglo XXI”–, o las imposiciones mundialistas y la pretendida “gobernanza global” de las Naciones Unidas? ¿Buscan la salvación de las almas los que, con impronta pelagiana, pretenden “salvar el planeta”?

sábado, 30 de abril de 2022

¿Conferencia Episcopal? ¡Libertad de los Obispos! - Mons. Héctor Aguer

¿Conferencia Episcopal? ¡Libertad de los Obispos!
Mons. Héctor Aguer


Un caso que, en mi opinión, muestra hasta dónde puede llegar una Conferencia Episcopal, es el desvío de la ortodoxia dogmática, moral y disciplinar que protagoniza la Conferencia Episcopal Alemana”.


(InfoCatólica/ELCAMINO).- En otras oportunidades he criticado la actual organización eclesiástica centralizada, cuya pieza clave es el protagonismo local de las Conferencias Episcopales. Éstas han asumido un papel político, imitado de los parlamentos seculares. Hay, por lo general, una Presidencia y dos Vice, elegidas por mayoría de votos de los miembros obligados de la Conferencia. 

No existen partidos episcopales formalmente constituidos, pero no faltan los grupos que reúnen a quienes comparten una determinada eclesiología, y la misma opinión tanto sobre cuestiones intraeclesiales como sobre temas sociales y políticos del país; vinculados sin duda con la moral católica y la Doctrina Social de la Iglesia.

En estos parlamentos episcopales se verifica un orden análogo a los de orden secular: hay voz y voto (los eméritos pueden hablar pero no deciden nada), se pide la palabra, se la concede o no según las circunstancias, hay también mayorías y minorías, etc. Estamos acostumbrados a esta organización; no solo los fieles católicos, sino todos los ciudadanos –por lo menos aquellos a quienes interesa el eventual poder y la influencia de la Iglesia– que se informan, o más bien se «desinforman», gracias a ciertos periodistas que se dicen «especializados en cuestiones religiosas». La organización reseñada favorece cierto tipo de ejercicio de la autoridad en el interior de la misma.

La experiencia revela que existen, por ejemplo, oficialismos (todos sabemos qué significa este término: tendencia de apoyo al gobierno), y no faltan obispos de quienes se puede pensar –lo digo con todo respeto y aprecio– que, por su sencillez y carencia de un nítido y amplio pensamiento propio, se pliegan al «oficialismo» reinante. Quiero pensar que tampoco faltan quienes aprecian su libertad, intentan conservarla y ejercerla, sin desentonar en el conjunto, en el cual suele insistirse sobre la necesidad de la unidad. El «verso» de la unidad, típico de la poesía episcopal, puede recitarse con recta intención, sin prejuicios, y sin el mero propósito de mantener una cobertura, aunque ésta sea ajena a la realidad. Se esgrime muchas veces el ideal de la unidad para «correr con la vaina» y, así, «apretar» a los reticentes a apoyar cierta postura. Los eclesiásticos –pienso en los obispos– somos personas humanas, y cada uno es un mundo en el cual se entrechocan opiniones legítimas, defectos, posturas más o menos graves, cerriles e injustificadas, por supuesto, también auténticas virtudes, ¡faltaría más! Me atrevo a pensar que así ocurre «ut in pluribus»; entre los integrantes puede haber algún santo, por supuesto; ¡me imagino cuánto tendrá que sufrir! Podemos ser todos más o menos buenos, pero no es lo mismo que ser santos.

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