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viernes, 11 de marzo de 2011

Los signos externos de devoción del celebrante - P. Nicola Bux

Los signos externos de devoción del celebrante
Nicola Bux *


ROMA, jueves 10 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- La fe en la presencia del Señor, en especial la eucarística, la expresa el sacerdote ejemplarmente con la adoración que se muestra en la reverencia profunda de las genuflexiones durante la Santa Misa y fuera de ella. En la liturgia postconciliar se reducen al mínimo: la razón aducida es la sobriedad; el resultado es que se han convertido en raras, o incluso apenas se esbozan. Nos hemos hecho avaros en gestos hacia el Señor; pero elogiamos a judíos y musulmanes por su fervor en el modo de rezar.

La genuflexión manifiesta más que las palabras la humildad del sacerdote, que sabe que sólo es un ministro, y su dignidad por el poder de hacer presente al Señor en el sacramento. Pero hay otros signos de devoción. Las manos elevadas en alto por el sacerdote son para indicar la súplica del pobre y del humilde: “Te pedimos humildemente”, se subraya en las plegarias eucarísticas II y III del misal de Pablo VI. El Ordenamiento General del Misal Romano (OGMR) establece que el sacerdote, “cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y, en la forma de comportarse y de pronunciar las palabras divinas, debe hacer percibir a los fieles la presencia viva de Cristo” (n. 93). La humildad de la actitud y de la palabra es consonante con el propio Cristo, manso y humilde de corazón. Él debe crecer y yo disminuir.

Al pasar al altar, el sacerdote debe ser humilde, no ostentoso, sin complacerse mirando a derecha e izquierda, casi buscando el aplauso. En cambio, debe mirar a Jesucristo crucificado y presente en el tabernáculo: a Él se le hacen la inclinación y la genuflexión; después, a las imágenes sagradas expuestas en el ábside detrás o a los lados del altar, la Virgen, el santo titular, los demás santos. ¿Están allí para ser contemplados o sólo para decorar? Es en síntesis la presencia divina. Sigue el beso reverente del altar y, eventualmente, la incensación; el segundo acto es el signo de la cruz y el saludo sobrio a los fieles; el tercero es el acto penitencial, que hay que realizar profundamente y con los ojos bajos, mientras los fieles podrían arrodillarse – ¿por qué no? – como en la forma extraordinaria, imitando al publicano grato al Señor.

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