sábado, 24 de enero de 2009

Gramsci y la Revolución Cultural (I) - El Método de la Contracultura de la Muerte


Gramsci y la Revolución Cultural (I)
El Método de la Contracultura de la Muerte


Primera parte del interesante informe sobre Gramsci y la Revolución Cultural.


Preámbulo

Para muchos el tema del marxismo es algo del pasado, propio de los excéntricos que sufren de miopía frente a la evidencia de la realidad. Rápidamente podríamos decir que viven el sueño utópico o la nostalgia enfermiza del pasado. El muro de Berlín cayó, desapareció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Cuba recibió la visita de Juan Pablo II y China pide que se la reconozca como economía de mercado.

Sin embargo esto no hace justicia con lo que en realidad está sucediendo. El marxismo-leninismo fue mutando hasta concretizarse en algo más destructivo y sutil y, por ello mismo, más difícil de detectar. Nos estamos refiriendo al gramscismo, filosofía que quizá es cada vez menos explícitamente mencionada en eventos, publicaciones y ambientes filosóficos especializados, pero que sin embargo – como sostiene el Dr. Ricardo Miguel Flores – “ha triunfado como pocas visiones filosóficas lo han hecho a lo largo de la historia, siendo precisamente su escasa notoriedad, paradójicamente, parte de su insidiosa victoria”.

El Padre Alfredo Sáenz sostiene que: “es quizás el suyo el único intento marxista de plantear globalmente y, según creo, con mucha inteligencia, la cuestión del tránsito al socialismo en una sociedad de formación occidental”. Tanto los fenómenos del eurocomunismo y del ítalo-comunismo son de hechura gramsciana, y fueron delineados como estrategia para la conquista del poder por parte de los partidos comunistas en los países latinos.

Antonio Gramsci fue un significativo político e intelectual italiano nacido en Cerdeña en enero de 1891. Sobre la tradición marxista, diseñó el concepto – entre otros aportes – de la hegemonía social. Gramsci fue Secretario General del Partido Comunista Italiano en el año 1924. Se dedica al periodismo político, fundamentalmente en la revista “El nuevo orden”. Tras una turbulenta vida, sus días culminaron después de once años de prisión bajo el régimen de Benito Mussolini, dejando un legado impreso de más de tres mil páginas de su pensamiento intelectual consagrado a derrotar aquellos valores y principios que, hasta ese entonces, habían sustentado la identidad de todo Occidente y nadie se había atrevido a disputar. Falleció de hemorragia cerebral en Roma, el 27 de abril de 1937, a los cuarenta y seis años de edad. Hoy Gramsci es, para una parte importante de la política económica internacional, un punto de referencia central y hasta casi diría obligado para aquellos que quieren continuar la batalla a favor del marxismo en nuestros días y en Occidente.

Al no poder establecer una dictadura abierta en las naciones occidentales, se ha adoptado como veremos, una vía más larga, pero que pretende ser más efectiva, más sólida y afianzada: la dictadura mental, de la que han hablado alguno de sus críticos.

En Argentina la obra de Gramsci hizo su aparición pública como herramienta del proceso democratizante alfonsínico durante la década de los 80. El retorno a la democracia aseguró el ascenso al poder de la tristemente conocida “Coordinadora” que representó una vanguardia en la imposición de la Revolución Cultural. Estos jóvenes heraldos, hoy presentes en el panorama político, serían quienes anunciarían la llegada de esta nueva forma de revolución luego de fracasada la vía al poder por la lucha armada.


Estrategia para Occidente

Gramsci entendió muy bien lo que Carlos Marx nunca logró materializar a través de su teoría revolucionaria sobre la lucha de clases: Los desafíos para imponer una corriente marxista y establecer un cambio social, dentro de la sociedad moderna Occidental, serían a través de una constante confrontación ideológica y cultural.

Gramsci consideraba que mientras Italia fuese católica, toda tentativa revolucionaria estaba destinada al fracaso. Incluso lanzar una revolución mediante la vía violenta podría involucrar el riesgo nada desdeñable de perder todo lo avanzado, de abortar toda la operación al presentarse un golpe de estado y/o dictadura militar. Había que variar la estrategia. Asimilando el axioma de Lenin: Hay que sustituir el asalto por el asedio, Gramsci reflexionó sobre el mantenimiento del control político sobre la sociedad identificando dos vías de dominio. Una, directamente relacionada a la coerción física por medio de la fuerza; la segunda y la más crucial, un control ideológico a través del consentimiento social. De aquí germinará la catequesis de su término Hegemonía Ideológica.

El valioso apotegma de Lenin es vital para comprender la revolución cultural. Gramsci comprendió que de nada sirve tomar el poder por las armas si antes no se ha trastornado culturalmente a la sociedad civil.

Ningún régimen podía auto-sustentarse sólo a través del poder organizado y la fuerza. En el largo plazo, necesitaba poseer apoyo popular y legitimidad para mantener su estabilidad. Aquí es donde la hegemonía ideológica entra en acción infiltrando a todo el sistema social a través de sus valores, actitudes, creencias y moral, provocando así un status quo dentro de las relaciones del poder y cimentando, a través del diario vivir, un consenso.

Para dicho fin, la instrumentalización de instituciones públicas como las iglesias, los partidos políticos, movimientos culturales, los medios de comunicación social, clubes y colegios contagiarían con el gramscismo a todos los miembros de la sociedad.

En Hispanoamérica, el tema cobró otras características, como el mismo Gramsci se encarga de manifestar: “en la base del desarrollo de estos países encontramos los cuadros de la civilización española y portuguesa del 1500 y del 1600, caracterizados por la contra-reforma, y la presencia cristianizada y resistente de dos categorías de intelectuales tradicionales fosilizados: el clero y la casta militar” (Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno).

El Padre Fosbery afirma al respecto: “Ante esta situación, la lucha cultural debe apuntar a lograr la subordinación de los intereses y de la influencia clerical-militar a la política laica del Estado. Habrá que actuar, consecuentemente, sobre la Iglesia, sobre la casta militar y sobre la superestructura que ellos precognizan, a partir de la afirmación política del moderno Estado laico. Hay aquí todo un programa de acción política que ya había ensayado México en su momento y que el propio Gramsci señala como modelo… La revolución cultural, consecuencia inmediata de la constitución del elemento laico, no podrá ensayarse sin renovar los postulados originales, dada la vigencia de un trasfondo nacional religioso que impregna el sentir y el hacer de nuestros pueblos. Esta es la superestructura, en el lenguaje gramsciano, sobre la que hay que actuar”.


Las etapas del proceso

El sacerdote jesuita Alfredo Sáenz, a quien seguimos en parte en estas reflexiones, describe como Gramsci pensó este proceso en tres etapas:

1.- La primera etapa consistiría en una ofensiva cultural, “la agresión molecular a la sociedad civil”, como decía Gramsci. Esto implica asediar con la ideología marxista a la comunidad en sus instituciones, en los cuerpos intermedios que le dan vida, pero casi sin darse cuenta. La escuela, los medios de comunicación social, las fuerzas armadas, los sindicatos, la parroquia: allí hay que concentrar la acción de la ideología marxista para trocar el sentido común y lograr que las personas pierdan paulatinamente el sentido de lo trascendente. Una vez obtenidos estos cambios, el marxismo se plantea como la nueva ideología hegemónica.

Esto es lo que comúnmente se llama “la fe laica” o también laicismo. “Es el resultado de afirmar la autonomía absoluta de la razón, rechazando, consecuentemente, no sólo la existencia, sino la posibilidad misma de la Revelación. No hay lugar en el mundo para Dios. Como mucho podrá refugiarse en los repliegues más ocultos y oscuros de la conciencia, hasta tanto no llegue allí la luz liberadora de la razón que, removiendo prejuicios, dogmatismos y dudas, podrá clarificar ese extraño “inconsciente”, y así rescatar al hombre de su patología irracional. En todo caso, como quería Croce, se trata de lograr que la religión sea reemplazada por la filosofía, y eso no sólo como un hecho individual, sino como una característica del decurso histórico-social” (Fosbery).

2.- La segunda etapa consistiría en “destruir la cosmovisión preexistente en una determinada sociedad”. Y no es necesario decir que esa cosmovisión es la católica. Gramsci pensaba que la clave de la permanencia de las religiones o de la propia Iglesia Católica en el caso de buena parte de occidente, es la profesión de una fe firme e inquebrantable, incluyendo la repetición de los mismos contenidos doctrinales. Según el gramscismo, nadie ha mostrado mayor eficacia que la Iglesia para crear un sentido común, con el singular añadido (esto era para él motivo de envidia y debía ser meta a alcanzar por el Partido Comunista Italiano), de que la Iglesia por los siglos había logrado amalgamar en su seno tanto al pueblo analfabeto como a una élite intelectual propia. Para Gramsci, la gran falla de todas las filosofías inmanentistas, incluido el marxismo, ha sido el no haber acertado a unir en una misma creencia o “sentido común”, a los intelectuales y al pueblo, a los doctrinarios y a los practicantes, a los expertos o “iniciados” y a los neófitos. Precisamente Gramsci se volcará a subsanar esa carencia, a través de sus deletéreos escritos, elaborados en las prisiones mussolinianas.

El español Rafael Gómez Pérez, profundo conocedor del pensamiento gramsciano, cuando escribía la Introducción al libro de Augusto del Noce, “Italia y el eurocomunismo; una estrategia para occidente”, se preguntaba: “¿Cómo hacerse con la sociedad civil, esa amalgama de ideas, creencias, aptitudes, aspiraciones?. La respuesta de Gramsci pasa por una comprobación: la sociedad civil está poblada de elementos culturales: modos de pensar, de sentir, de situarse ante la vida, de leer, de divertirse… Se trata, por tanto, de conquistar la cultura para el marxismo, de organizar la cultura por medio de la captación de sus agentes, los intelectuales”.

De suerte tal que el punto central habría de consistir en lo que Gramsci denominaba “mutación del sentido común”, uno de cuyos pivotes habría de ser precisamente el dominio y control de los medios de comunicación de masas, a través del desarrollo de toda una lucha cultural contraria a la concepción trascendente de la vida. Para el ilustre pensador italiano Augusto del Noce, el gramscismo representa precisamente la culminación de todo el proceso secularista; “es un cierre total a cualquier trascendencia metafísica y religiosa, hasta el punto de poder decir que, para Gramsci, la misma revolución comunista no es sino un momento de una más amplia reforma intelectual y moral enderezada a la realización de la plenitud del secularismo”.

Gramsci buscaba favorecer el movimiento modernista al interior de la Iglesia Católica ya que consideraba que la única forma en que una religión trascendente puede desvirtuarse, es mediante descomposición interna; de llevarse hasta sus últimas consecuencias este proceso, el catolicismo habría de desembocar en el secularismo, que ya vimos que en Gramsci implicaba “un cierre total a cualquier trascendencia metafísica y religiosa” (A. del Noce).

No ve el que no quiere ver, aunque algunos se afanan en desempeñar el triste papel que Lenin les asignara: el de “idiotas útiles”, cavadores – conscientes o no – de su propia tumba. No olvidemos que el concepto de modernidad en Gramsci llevaba implícita una exclusión absoluta de cualquier referencia a toda realidad trascendente.

3.- La tercera etapa vendría determinada por la implantación forzosa de la ideología marxista y la configuración del nuevo poder en la comunidad asediada. Una vez hegemonizada, inmanentista y desacralizada, se configura el nuevo poder dentro del marco de la democracia, de la que se aprovecha.

Esta es, a muy grandes rasgos y al decir de Enrique Díaz Araujo, la revolución de la nada. Como vemos, la implantación del comunismo tiene que ser mediante la hegemonía cultural y el control de la vida intelectual, no mediante la hegemonía de las armas. Ya decía Lenin en 1905: “La literatura debe ser partidista. Debe ser una parte de la causa del proletariado. Los diarios deben estar en manos del partido. Los escritores deben entrar en las organizaciones partidistas. Se trata de la literatura del partido, y del control que el partido debe ejercer sobre ella”.


Una fuerza disolutoria

Gramsci fue muy hábil en consolidar la idea de un “intelectual orgánico”, capaz de promocionar una campaña de reingeniería social para provocar cambios culturales y reemplazar el sistema de creencias.

La transformación del capitalismo hacia el socialismo requería conquistar la participación popular, y la acción y liderazgo del hombre intelectual sería la manera de lograrlo sin violencia ni revueltas. Es sustancial comprender que Gramsci (y en rigor ningún marxista) jamás negó a la democracia un papel fundamental en este proceso. Muy por el contrario: es justamente en el marco de la democracia en el que se dan las mejores condiciones para el proceso revolucionario que indicamos. “Lograr un comunismo distinto, aún en su propio resultado: he allí el primer objetivo de esta diabólica estrategia. Y se lo logró, con dos expresiones distintas para una misma acción: el eurocomunismo, si se lo quiere expresar más abiertamente, o la social-democracia, para mostrarlo solapadamente… Y para ello habrá que poner el laicismo de los librepensadores, demócratas, progresistas y modernistas, al servicio de un hondo proceso de hegemonía cultural. El objetivo primordial: combatir y negar todas las formas abiertas o encubiertas de trascendencia metafísica o religiosa” (Fosbery).

El riguroso adiestramiento filosófico, lingüístico e histórico de Gramsci le confirieron una aguda percepción social sobre sus pares, logrando así discernir que las cosas más relevantes para las personas no eran la solidaridad social o el conflicto de clases sino más bien, su religión y su amor a la familia y a su nación. Por lo tanto, el primer paso hacia la dominación sería la alteración del sistema moral y filosófico imperante por más de dos mil años en el mundo Occidental: El Cristianismo.

La ideología gramsciana debía sobreponerse a los patrones del milenario pensamiento cristiano, inculcado a través de las generaciones y adoptado incluso por aquellos no cristianos, logrando una “hegemonía cultural” a través de todos los órganos culturales a los cuales la sociedad se adhiere. Así se socavaría el conjunto de elementos que componen la cultura tradicional.

Las iglesias se transformarían en clubes ideológicos acentuando los mensajes de justicia social e igualdad; el culto religioso debía sustraerse a prácticas más bien sociales y de entretención, y la doctrina sería “modernizada” y disminuida a un segundo plano.

Los estándares académicos son reducidos dramáticamente. Los medios de comunicación son orquestados para manipular y desacreditar a las instituciones tradicionales y a sus representantes. La moral, la decencia y las virtudes ancestrales son ridiculizadas sin respiro. Los miembros del clero más conservador son catalogados de hipócritas, ignorantes de la realidad actual, remilgados y como poco tolerantes. La familia es caricaturizada y se la analiza como una institución que somete a la mujer y a los niños.

Por lo tanto, la cultura de una nación deja de ser una columna de integridad y de herencia histórica. Y sus figuras simbólicas y patrias deben ser sometidas a un agudo escrutinio por parte de los nuevos intelectuales que promueven un modelo de pluralismo social condenando a la cultura de raíz tradicional cristiana, repudiada por esta nueva ideología como represiva, primitiva y segregadora.

El fin último del gramscismo es hacer desaparecer de la memoria colectiva las costumbres y tradiciones del pasado permutando el sentido común y logrando que las personas pierdan, paulatinamente, el sentido de lo trascendente.

Estas rupturas incesantes, a través de la imposición de una nueva condición social, conllevan a la alteración de la esencia misma de una nación provocando significativas crisis estructurales y un desequilibrio que se manifiesta virtualmente en todas sus áreas sociales. Actualmente, este proceso se manifiesta a través de las crisis de valores, crisis ante la autoridad, crisis sobre la identidad nacional, crisis ante la forma en que se lleva la vida. Una crisis que abarca todo el espectro intelectual, moral y político dentro de la sociedad civil y el Estado.

El entonces Cardenal Joseph Ratzinger describe en su obra, “Iglesia y Modernidad” los peligros que una sociedad enfrenta cuando sus líderes se someten a este tipo de revolución cultural: “Es posible que un Estado quede sometido a la merced de grupos de poder que convierten la arbitrariedad en ley, aniquilan de raíz la justicia y así, a su manera, crean una “paz” que, en realidad, es dominio de la violencia. Con los medios modernos de control de masas un estado semejante puede producir una sujeción total y, de este modo, una apariencia de orden y tranquilidad” (Card. J. Ratzinger, Iglesia y Modernidad, Editorial Paulinas, Buenos Aires 1992, 40).

(Continuará)





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