domingo, 25 de enero de 2009

Gramsci y la Revolución Cultural (II) - El Método de la Contracultura de la Muerte


Gramsci y la Revolución Cultural [II]
El Método de la Contracultura de la Muerte


Segunda parte del interesante informe sobre Gramsci y la Revolución Cultural.


En el mundo de las ideas

La principal arma estratégica de la ideología gramsciana, se encuentra en el uso del lenguaje y los conceptos que éste traspasa hacia la sociedad. Incluso Marx, quien no consideraba las ideas como factor determinante para gatillar su revolución, sostenía que ellas devenían en una suerte de “fuerza material” para apoderarse de la conciencia de las masas y Lenin calificaba a los intelectuales de “ingenieros del alma humana”.

El lenguaje es el más efectivo instrumento de la estrategia gramsciana. La contracultura de la muerte se ha impuesto gracias a la guerra semántica desencadenada por la revolución cultural. De esta forma, se enarbolan desde el Estado copado las banderas contra la vida y la dignidad de la persona. No hay contradicción entre ambos términos: la revolución cultural es un medio propicio para la imposición de la contracultura de la muerte.


Se busca un nuevo código moral 

El padre Fosbery denuncia que “el primer criterio moral se fundamentará en una visión del bien y del mal identificada con la concepción geométrico-política de la izquierda y la derecha, como sinónimos de bien y de mal. Todo lo que está en la izquierda es bueno, y lo que está en la derecha, malo. Se instaura así, a partir del lenguaje, una dialéctica que va configurando la conciencia moral según las circunstancias lo indiquen, en orden al objetivo político asumido como táctica… Así, la concepción moral, vaciada por el laicismo de todo fundamento objetivo y trascendente, cae víctima de una disyuntiva fatal: ser dictada o por el Estado, o por la mayoría… ”.

Con respecto a la valoración y respeto de la diversidad, ésta no debe ser vista como una amenaza. El país debe ser capaz de definir ciertos hábitos y metas en común durante cada momento histórico suponiendo la percepción y aceptación de la diversidad y no algún tipo de uniformidad impuesta artificiosamente desde un centro cualquiera de poder. El patrimonio cultural debe contribuir al pluralismo de la sociedad entendiendo a ésta como un valor positivo y no una amenaza para la identidad nacional. Por lo tanto, se debe colaborar a una práctica más activa de la tolerancia en el seno de la sociedad con una disposición de entrar al diálogo con la diversidad, a aprender de ella, y a dejarse influir eventualmente por ella.

En materia de valores y familia se busca demostrar que su defensa está mejor garantizada con una política progresista. En torno al tema de la educación el reto consiste en integrar solidaridad y competitividad, identidad y pluralismo, y en transmitir valores, no verdades.

La ideología hegemónica gramsciana se alcanza a través del sutil vocabulario utilizado para explicar qué es cultura. La diversidad, la tolerancia, el consenso, el pluralismo y la solidaridad, son los términos recurrentes que ocupa el gramscismo llevándolos al extremo, para ir trenzando una contra cultura que transforme en polvillo aquellos valores heredados de una herencia cristiana occidental. ”El valor máximo no será ya la Patria, sino la democracia, en la cual podrán converger hegemónicamente todos los hombres y todos los pueblos” (Fosbery).

Gramsci une la teoría con la práctica al lograr insertar su ideología dentro de las actividades cotidianas que realizan los miembros de una sociedad ya que éstas se construyen, en parte, a través de nuestras decisiones pero, también, están condicionadas por limitaciones políticas. En un amplio sentido, son esencialmente actividades políticas ya que contribuyen a la conformación de la vida social y están afectadas por fuerzas de naturaleza socio-políticas.


O sobrenatural o antinatural

Una vez que Dios a sido negado (u olvidado que es lo mismo) en el seno de la comunidad, sólo hay un paso a la negación del hombre, pues, como dice Chesterton: “Roto lo sobrenatural, sólo queda lo antinatural”.

Es así como el trabajo ideológico realizado sobre lo esencial de la comunidad, de constante trastocamiento de sus vitales órganos intermedios, tiene su corolario lógico en las leyes inicuas que raudamente salen de un congreso tomado. Por esto, siempre el punto de arranque lo da el elemento laico: si está, se puede avanzar, si no está, hay que instaurarlo.

Es menester comprender que, en este sentido, no hay matiz alguno entre los postulados del capitalismo liberal y los del marxismo: ¿qué diferencia objetiva puede establecerse a este respecto entre la ley de aborto de Cuba, Estados Unidos, Holanda, Italia o la que aspira a sancionar la progresía entre nosotros?; ¿cuál es el contraste entre la educación sexual dada aquí, en China o la muy civilizada Francia?

El fin es siempre el mismo: llegar al eclipse del sentido de Dios y del hombre, tal como afirma el Papa Juan Pablo Magno en su encíclica Evangelium vitae sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. No otra cosa se esconde en la pretendida “humanización”. La meta es, en realidad, alejar al hombre de Dios para animalizarlo y esperar a que se convierta en su propio victimario. Se trata, en suma, de ceder a la “lógica del maligno” (Evangelium vitae 8) de la cuál nos hablaba el Pontífice Polaco.


Conclusión: La esperanza activa

Una vez realizada esta sucinta reflexión, vale la pena la pregunta de rigor: ¿qué hacer?. Sólo podemos decir una vez más que nuestro deber es luchar para evitar que el plan se concrete. Luchar denodadamente como si de ello dependiera nuestra existencia, pues no cabe duda de que es así.

Decía el latino Juvenal: ”considera como el mayor crimen preferir la vida antes que el honor y, por la vida, perder las razones de vivir”. ¿Cómo preferir entonces la vida propia siendo, al mismo tiempo, testigos indiferentes de la destrucción sistemática de la vida de los otros?.

Si apostamos por la vida tenemos que reflexionar seriamente y obrar en consecuencia. ¡Jugarnos! por la verdad y la vida, como nos enseñó Jesucristo. No por la proyectada contracultura que nos asedia. Tal como indica J. Ratzinger: “Hay valores por los cuales vale la pena morir ya que una vida comprada al precio de semejantes valores se apoya en la traición a las razones de vivir y por lo tanto es una vida aniquilada en su misma fuente… Donde ya no hay más por lo que valga la pena morir, allí tampoco tiene sentido vivir”.

Concluyo con el auxilio de las palabras de Thomas Jefferson para contrarrestar aquella mente imperecedera de Antonio Gramsci: “El hombre que no teme a las verdades nada tiene que temer de las mentiras”. Y también con la categórica afirmación de nuestro amado Señor Jesucristo en las Sagradas Escrituras: “Por sus frutos los conoceréis”.





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